LECHE de anís


La piel que separa el corazón del mundo guiña un ojo.
Hace como que no entiende nada.

Tibia como la sangre que resbala sobre la piel.

Estoy tumbada.
pero el suelo no me sostiene.
Me evita.

Unas alas revolotean desde las piernas,
suben acariciándome el pecho.

¿Se puede afrontar un duelo sin probar tu propia sal?

Ayer era mujer.
Gritaba, corría.
Respiraba.

Furiosa arremetía contra el viento.
Quería llegar antes que los rostros inertes.
Quería proteger las hojas verdes.

Lenguas sin vida recorrieron mi cuerpo
dejando cardenales a su paso.

El cuerpo de una sin nombre.

Dejé de respirar.

Solo entonces descubrí mi propio veneno.
Miel y fuego, como la leche de anís.

Sin permiso
se arrastra por mi garganta
y grita desde mis entrañas
porque sabe que no se
que estoy viva.

Vuelo alto.
Rápida y rapaz.
No tengo vértigo.

Anestesiada mientras el viento me desolla.

Sangre, brisa, lágrimas o sol.
¿Qué más da?

Las chicharras cantan alegremente
mientras el veneno se disipa.

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