COCKTAIL d’amore IV: PRINZ

Acabo de salir del bar. Una sensación abrumadora me sube del pecho a la garganta, como si tuviera un examen para el que no he estudiado. Quiero retroceder, meterme en el bar y seguir bebiendo hasta que llegue Antonio, pero no me lo permito. Obligo a mis piernas a caminar más rápido para enfrentarme a esa prueba para la que nunca estoy listo.

Me dirijo en dirección a la calle donde he visto al chico rubio que me sonreía. 

— Hola, me llamo Martin —dice una voz a mis espaldas en un alemán cerrado con acento bávaro. 

Me giro y veo al chico que busco. Ya no se encuentra al lado de la ventana, en la calle perpendicular a la entrada del Möbel Olfe, sino que sostiene su vaso de cerveza frente a mí.

— He visto que te ibas del bar y he venido corriendo a buscarte —confiesa sin ningún tipo de pudor. 

— ¡Ah, qué sorpresa! Hola, Martin. Yo me llamo Sergio —digo mi nombre tal cual, arrepintiéndome de inmediato por la pregunta que veo venir. 

— ¿Me puedes repetir tu nombre?  

— Mi nombre es Sergio —repito, pronunciando lenta y claramente los sonidos de la erre y la letra g. 

— Seeeee… gggoooo… —trata de decirlo como un infante que apenas sabe pronunciar las consonantes. 

— Bueno, en realidad, casi todo el mundo me llama Sergi —pronuncio esta versión de Sergio, omitiendo por completo la erre. Seeee… yiiiiiii… 

— Seeeeeyiiiiiiiii. ¡Seyi! ¡Seyi! ¡Seyi! —repite con la misma energía y alegría que tenía yo, con cuatro años, cuando aprendí a decir correctamente las palabras “perro, carro, burro, tierra”. 

— Qué bien, Martin. Ya puedes decir mi nombre —levanto mi palma derecha, esperando que choque la suya. 

— ¡Seyi! —choca su palma contra la mía. 

El alcohol aún me está acariciando la nuca, cosa que agradezco, ya que me hace sentir relajado a pesar de estar hablando con un chico que me gusta. 

— Me pareces muy guapo —deja escapar Martin con los labios entrecerrados mientras baja la mirada. 

«No eres guapo.» 

— No, no para nada. Soy bastante normal —replico. 

«Sé honesto.» 

— Mira, además, no tengo músculos ni nada —le explico mientras me bajo la manga derecha, mostrándole todo el brazo. ¡Y eso que hago deporte! Voy casi todos los días al gimnasio, pero no hay manera: no me sale ningún músculo.

«Si no tienes músculo, es culpa tuya.» 

Martin me mira extrañado mientras de mi boca salen unas tras otras, como si estuviera recitando los elementos de la tabla periódica, detalles sobre mi dieta y mi rutina de gimnasio, seguidas de quejas sobre el poco efecto que tienen sobre mi físico desagraciado.  

— Bueno, yo no hago mucho deporte. Tampoco entiendo de dietas… —responde, tratando de poner fin a mi monólogo. 

«¡Ja, ja, ja! Idiota.» 

Me doy cuenta de lo ridículo que parezco en este momento. Una vez más me veo dando explicaciones sobre mi vida que nadie me ha pedido. En mi garganta se agolpa un sinfín de justificaciones que quieren salir y chillar, para hacerle entender a Martín por qué no soy tan guapo como él, por qué no tengo un cuerpo atlético como el suyo, por qué no estoy a su nivel. 

«Necesitas más alcohol» 

— Oye, Martin, te invito a una cerveza —intento cambiar de tema. 

— Bueno, pero aún no me he terminado la mía… —se lamenta mientras me enseña lo que le queda en el vaso. 

«Tienes que hacer que beba.»

— Esa está caliente ya. Venga, ven, que te compro una nueva —no le dejo acabar la frase, lo cojo del brazo y me lo llevo al bar. 

Martin deja el vaso medio vacío en el bordillo de la acera y se deja llevar. Varios grupos de chicos han llegado al bar. Nuevas miradas, se han unido al comité de escrutinio, pero ya no me incomodan. Ya no soy un perdedor. He encontrado a alguien. Soy normal.  

Me pavoneo delante de todos con mi nueva conquista agarrada del brazo. Finjo no darme cuenta de que me están mirando. Esa sensación desagradable que subía por el pecho hace unos minutos se ha ido. Vuelvo a fijarme, con los ojos cargados de una compasión que no siento, a esos fracasados que aún no han conseguido ligar. Vuelvo a imaginarme sus vidas tristes, monótonas, sumidas en un color gris apagado que los arrastra lentamente al abismo.  

«Ya no estás solo.»

Enderezo la espalda, alzo los hombros y sonrío. Me siento guapo. Miro con descaro a quienes me miran y les digo con la mirada: “Es mío”.  Martin y yo nos acercamos a la barra, haciéndonos paso entre la multitud, y apoyamos los brazos en ella. Noto cómo nuestros hombros se rozan suavemente una y otra vez, mientras charlamos, como cortinas mecidas por una brisa. Nos miramos con complicidad y con ojos inocentes. 

«Al menos le gustas a alguien.»

De repente veo que un chico alto y joven se acerca a Martin. Parece que se conozcan porque se dan el típico abrazo alemán: superficial y sin mucho contacto, y comienzan a hablarse al oído. 

«Ese es uno con el que Martin se ha acostado.» 

El aire se me corta. No puedo apartar la vista. A pesar de que no hacen nada más allá de lo que harían dos amigos cuando se encuentran, empiezo a imaginármelos, uno arrodillado en frente del otro en el baño de este bar, borrachos y extasiados por el deseo. Contengo las ganas de llorar que me asaltan.

— Disculpa, hacía años que no veía a Sebastian —me dice Martin, mientras sigo atrapado en esa pesadilla. 

— ¿Cómo? —respondo yo. 

No puedo dejar de pensar que Martin me va a dejar. Va a encontrar a alguien mejor que yo. Se irá, y yo volveré a ser un fracasado, como el resto.

— Sebastian es un amigo de la carrera. Hacía mucho que no lo veía —me explica usando un alemán más claro. 

 «Te ha reemplazado.»

— Entiendo. Parece majo —digo en voz baja, con la cabeza cabizbaja. 

— Tú eres más majo aún —me dice con un guiño, como si se hubiera percatado de mi amargura. 

«Le gustas.»

De repente me vuelvo a sentir flamante. Olvido la paranoia de unos minutos antes. Ha dicho que yo soy más majo. 

— Venga, Seyi, vamos a pedir algo. 

Los camareros del bar siguen en su línea: ignoran a los clientes y sirven copas con el entusiasmo de quien va al dentista. 

— ¡Hola! Dos cervezas, por favor —digo en voz alta, agitando la mano en dirección a uno de ellos, que no hace más que hablar con la gente. 

El camarero me mira desafiante, pero le sostengo la mirada con una sonrisa amplia. Me siento poderoso. 

— Sí, aquí. Dos cervezas, por favor. —repito con descaro, dándole un retintín ambiguo al “por favor”, mezclando educación y prepotencia. 

Ya no tiene excusas para ignorarme así que nos trae con mucha resignación las dos cervezas, mientras me apuñala una y otra vez con la mirada. Sigo sosteniendo mi sonrisa de oreja a oreja mientras le doy la cantidad exacta que cubre el precio de las dos bebidas. El camarero se para enfrente de mí, con la cara roja del enfado por hacerle trabajar sin encima dejarle propina. 

— ¡Aquí no se le grita ni se llama con la mano a nadie! ¡Cuando nosotros podamos, te atenderemos! ¿Está claro? —me recrimina chillándome, paradójicamente, en la cara. 

En cualquier otro momento me herviría la sangre. Pero ahora no.

— ¡Oh no! Lo siento mucho. No soy alemán. Hace poco que vivo aquí. Te pido perdón —respondo usando mi peor alemán mientras pongo carita triste, visiblemente falsa.  

Esto lo enfurece más aún. Me suelta una cantidad de borderías que no me apetece escuchar. Así que cojo ambas cervezas y me alejo con un “muchas gracias”, fingiendo no entender, dejándolo con la palabra en la boca. 

— ¡Ja, ja, ja! Seyi! Me estaba muriendo de la risa —me dice Martín al oído, como si alguien nos pudiera oír entre el bullicio y la música. 

Hacemos un brindis mientras nos miramos fijamente a los ojos, como se hace en Alemania, y salimos de nuevo a la calle a pasear.  Caminamos por la calle Oranien, en dirección a la próxima parada del U-Bahn. Martin me cuenta que es maestro de infantil en Potsdam, a 30 km de Berlín. Habla con mucha pasión de su trabajo y me pregunta por el mío, por mi vida y demás.

«Por fin has encontrado a uno normal.» 

— Me gustan mucho los chicos mediterráneos —confiesa con picardía en la mirada. 

— ¡Gracias! A mí también me gustan los alemanes —uso la misma picardía en los ojos. 

Un cielo inmenso y estrellado, favorecido por la escasa contaminación lumínica. Una brisa fresca choca contra mi pecho; sube acariciándome el cuello y la cara. Sigo aún arropado por el abrazo del alcohol.  Todas las sensaciones me transportan de golpe a los otoños de mi infancia, cuando jugaba en el parque con mi amiga Rebeca. Aquellos tiempos en los que aún no tenía frío y la ansiedad era solo la historia de otros.  

Cierro los ojos. Inspiro hondo. Me permito sentir de nuevo cómo un niño. 

Martin se percata y me toca la mejilla, como si quisiera hacerme volver a su realidad. Abro los ojos y me encuentro con los suyos. 

Nos miramos fijamente. Siento que el tiempo se ralentiza. Sigue acariciándome la mejilla. Está tan cerca que puedo notar el olor de su colonia. Huele a verano, a hierbas y a limón. Hace mucho que no tengo a alguien delante que me guste de verdad. 

No sé si me va a besar o no. ¿Estoy teniendo una erección? 

Se inclina hasta mi oído y empieza a susurrar algo.

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