En Berlín, las líneas de U-Bahn, cuyo nombre empieza por la letra U, son infraestructuras de transporte público que operan mediante trenes, tanto subterráneos como superficiales. Las estaciones no disponen de barreras o puertas de control; cada uno es responsable de adquirir y validar el billete en las máquinas disponibles, antes de subir al vagón. En ocasiones, cuando se cierran las puertas, los revisores, vestidos de paisano, desenfundan sus pistolas controladoras de billetes y castigan a los no tan buenos ciudadanos. La garantía de dicho sistema se sustentaba en que los alemanes, por norma general, tienen un sentido del deber ciudadano suficientemente desarrollado. Algo así resultaría impensable en países como España.
La carencia de dichas instalaciones de control evidencia la belleza arquitectónica de las estaciones berlinesas, las cuales, con sus columnas imponentes, entradas de piedra de estilo señorial y una gran variedad de decoraciones, forman un elemento fundamental de la identidad de la ciudad. Esta confianza otorgada por el Estado, propicia al ciudadano una sensación de libertad, diligencia y apreciación. De este modo, la gente menos afortunada, aprovecha la ausencia de personal en las instalaciones, para dormir bajo techo y refugiarse de la meteorología implacable alemana. De igual forma, algunas estaciones se convierten en puntos de encuentro para marginales sociales que subsisten, prácticamente de por vida, gracias a una prestación de desempleo llamada Hartz IV.
Coger el U-Bahn en Berlín me tranquiliza mucho. Cuando me acomodo en uno de los asientos, con el famoso estampado Berliner Sitzmuster, de colores rojo, azul, amarillo y blanco, entrelazados, formando figuras geométricas irregulares, me siento como si estuviera sentado en el sofá de mi piso. La gente está callada, ensimismada en sus móviles, escuchando música con sus auriculares, o simplemente mirando al vacío, luciendo la famosa sonrisa berlinesa, caracterizada por una ausencia total de humanidad. Cuando provienes de un país vivo y ruidoso, te choca mucho esta atmósfera que puede resultar violenta, pero con el tiempo empiezas a apreciar la tranquilidad que te ofrece este entorno, así como la libertad de poder estar callado y sin sonreír sin que se vea como algo socialmente extraño. En Alemania he aprendido a no tener que estar siempre contento.
Llego con la línea U1 a mi destino: la parada de Kottbusser Tor, popularmente conocida como Kotti. Queda aún una hora para mi encuentro con Antonio.
«Nadie te está esperando.»
Kotti se encuentra en la zona este de Kreuzberg, el barrio donde vivo. Es una zona de bares y restaurantes, mayormente árabes, donde conviven yonquis y estudios de yoga en perfecta armonía. En la estación de U-Bahn se congregan grupos de borrachos y drogadictos. Ignorando intencionadamente tu presencia, te dan la bienvenida con gritos y gestos violentos de mano que hacen volar a veces las botellas que sostienen. Una fuente de aromas de humanidad y alcohol que, sin llegar a ser nauseabundos, se te meten en la garganta como ese trago de tequila al que te invitan y que no puedes rechazar.
Una vez sorteado el comité de bienvenida, me dirijo al Möbel Olfe. Llego a la primera entrada del bar, compuesta por varios paneles de cristales, a través de los cuales se ve el interior, pero está cerrada. No parece haber mucha gente. Me dirijo a la segunda entrada que se encuentra algo más a la derecha. Es una puerta metálica, custodiada por dos porteros altos y musculosos, que bloquean el paso a borrachos y a carteristas. Saludo con un «buenas tardes», pero no obtengo una respuesta. Al pasar, apenas me miran.
«No resultas atractivo para nadie.»
Al cruzar la puerta, me topo con un pasillo corto, flanqueado por dos mesas altas con taburetes. En un lateral hay dos cortinas pesadas que atravieso, anunciando de forma estelar mi llegada. Todos los chicos se giran y me miran. Comienzo a sentir esa incomodidad que me persigue desde hace años al entrar en un sitio de ambiente, producida por el comportamiento de gente como yo, hombres gays, cuando ven a un desconocido. Ojos furtivos que te examinan de arriba a abajo sin escrúpulos, tratando de adivinar lo que esconde tu ropa; imaginándose cuál es tu rol sexual para así determinar la compatibilidad de un encuentro en los servicios. Ojos que se clavan en los tuyos con desafío; mirándote con desprecio justo antes de desvanecerse. Siempre igual.
«Necesitas beber.»
Una vez superado el escrutinio, me encuentro con una gran barra que recorre la sala principal. El menú de bebidas está dibujado en las baldosas de la pared que la corona. A la izquierda se encuentra la entrada principal, que hoy está cerrada, y a la derecha otra tercera entrada acristalada, que de igual forma está cerrada. Mesas altas con una superficie de madera y patas metálicas, rodeadas de taburetes, se encuentran colocadas a lo largo de las paredes. Del techo cuelgan lámparas metálicas de diseño, sostenidas por largas alambres. La iluminación es cálida e íntima. Un Dee Jay, en la esquina derecha de la barra, está pinchando algo con sintonías electrónicas.
Vuelvo a sentir las miradas de uno de los grupos de chicos que están en una esquina. Me miran porque estoy solo. Salir por la noche solo es de perdedores, de gente que no tiene amigos y de locos. Lo normal es tener amigos y salir acompañado. En la barra veo a un hombre solo y me imagino cómo será su casa: un armario lleno de ropa ordenada que nunca ha visto la luz del día; el botón desgastado de un microondas; botes de antidepresivos escondidos detrás de la espuma de afeitar. Yo estoy por encima de todo eso.
Voy corriendo a la barra para pedir; si sostengo una copa entre mis manos, seguro que me siento menos desgraciado. Hay dos camareros para toda la barra. Levanto la mano mientras miro a uno de ellos, que está entretenido hablando con dos chicas; al verme, me mira con desgana y me ignora. Pruebo suerte con el segundo, que está hablando con un hombre atractivo de mediana edad, y se me acerca con la misma desgana con al que me ha «atendido» el primero. Me sirve una cerveza y, al no dejarle propina, deja claro su descontento con su lenguaje corporal.
Doy dos tragos a la bebida y me coloco a un extremo de la barra, cerca del Dee Jay. Envío un WhatsApp a Antonio para decirle que he llegado antes de lo previsto y este me responde con un «ok». Estoy nervioso y no sé qué hacer. Me gustaría entablar conversaciones con el resto de la gente del bar, pero no soy ni guapo ni musculoso. Tampoco quiero ser uno de esos desesperados que empiezan a hablarle a desconocidos.
A mi lado hay un chico de unos 40 años. Es más alto que yo, delgado y lleva en la cabeza una gorra marrón de piel, estilo pico de pato. Viste con estilo: pantalones marrones de pana, tirantes, camisa clara de cuadros y una chaqueta de tela verde oliva. Tiene una cara bonita, pálida, con los labios finos, barba de 4 días y unos ojos azules profundos. Hace varios intentos para hablar con el camarero que me sirvió la cerveza, pero este le ignora. De repente se gira y me mira.
— Woher kommen Sie? —me dice en un alemán de libro difícil de entender, clavando sus ojos en los míos.
— Lo siento, pero no hablo alemán —respondo yo, aunque lo he entendido perfectamente.
— Yo hablo un poco de español —responde sin alterar su expresión.
Quiero empezar una conversación con él; sin embargo, al mismo tiempo quiero que se vaya. Al tenerlo cara a cara, me doy cuenta de que es mucho más guapo de lo que me había parecido.
«Imposible que quiera tener algo contigo.»
«Querrá hablar porque estará aburrido.»
El chico de la gorra sigue mirándome sin sonreír.
«Solo quiere hacer uso de tu compañía hasta que encuentre algo mejor que tú.»
«No dejes que te usen de nuevo. Déjalo ir.»
— Tengo que escribir a alguien —digo con sequedad, mientras me alejo un metro de él y finjo mandar mensajes con el móvil.
— Vale —responde en un tono neutro y se gira de nuevo a la barra.
«Locos»
«Raros»
«Son todos iguales.»
Veo cómo de su bolsillo saca un cuadernillo y un lápiz y comienza a garabatear algo. Me asomo por detrás y veo que está haciendo un retrato del camarero con el que estaba hablando. Con pocos trazos ha conseguido acabar rápidamente un dibujo con un nivel de detalle que yo mismo no hubiera conseguido en horas. Lo arranca del cuaderno y lo deja encima de la barra, lanzando una mirada traviesa al camarero. Este, pensando seguramente de que le estaban ofreciendo un número de teléfono no deseado, se gira y se aleja de él. Con un gesto delicado, el dibujante coge el retrato de la barra, lo deja caer en el suelo y se va del bar.
Vuelvo a notar una mirada, pero esta vez proviene de la calle. A través de una de las grandes ventanas que separan el Möbel Olfe del mundo, veo un chico rubio, fuerte y de facciones nórdicas.
«Ese chico no te está mirando»
«Tú no estás en su liga.»
Bebo un buen trago de cerveza, para ver si me arma del valor que no tengo y lo miro a los ojos. El chico me sonríe con un gesto breve; levanta lentamente el brazo con la palma de la mano, mirando en mi dirección. Miro detrás de mí y me aseguro de que no hay nadie. No sé bien lo que quiere.
«¡Ja, ja, ja! ¿Qué te crees? ¿Qué le gustas?»
«Solo va borracho y hace el tonto.»
Cierro los ojos con fuerza, intentando aplastar esos pensamientos. Acabo lo que queda de cerveza y dejo el vaso encima de la barra. Obligo a mis piernas a moverse en dirección a la salida. Con cada paso, mi respiración se vuelve más entrecortada.
«¡Deja de arrastrarte!»
«Estás desesperado»
Noto cómo la cerveza me sube a la cabeza y pone a dormir esa voz furtiva que no me deja ni a sol ni a sombra.
Hoy me da igual todo. Voy a conocer a ese alemán que sonríe.

Deja un comentario