Kreuzberg, mi primer amor berlinés, quedó tatuado en mi memoria desde el primer instante. Aquel 24 de septiembre de 2011, cuando llegué a la estación de U-Bahn de Hallesches Tor, sentí que el ritmo del barrio y el mío se entrelazaban en una sincronía que prometía cambiarlo todo.
Apenas salí de la estación, mi corazón empezó a latir cada vez más fuerte. Me vi rodeado de calles amplias y poco transitadas, donde jóvenes y mayores pedaleaban felizmente sobre carriles para bicicletas bien delimitados y respetados por los coches. Parecía que nadie, ni ciclistas, ni conductores, tuvieran prisa alguna por llegar a su destino. No podía creer que me encontrara en el centro de la capital de Alemania. El canal de Landwehr, un sendero de agua sin fin, serpenteaba entre hileras irregulares de árboles y mantos verdes que lo protegían del bullicio urbano. Los edificios típicos del barrio, bajos y con un diseño simple, parecían integrarse bien con la naturaleza a la que rodeaban.
Habiéndome criado en un pueblo pequeño en el corazón de Extremadura, la diversidad solo la vi reflejada en la variedad de dulces que se vendían en la multitienda de Emi. No solo el hecho de ser homosexual me distinguía del resto. Incluso antes de aprender a leer, una multitud de inquietudes intelectuales se despertaron en mí. Nada más empezar la educación preescolar, mi verborrea, así como, mis preguntas incesantes, me hicieron destacar entre los otros niños que aún comían pegamento. El profesorado de aquella época no estaba preparado para un niño, con una curiosidad infinita, que solo quería aprender; algunos incluso me avergonzaban en público por hacer preguntas que no sabían responder. Cuando abandoné el pueblo y me fui a la universidad, me seguí sintiendo siempre fuera de lugar. Por este motivo, ansiaba vivir en una ciudad cosmopolita. Quería encontrar un lugar donde encajar. Había asumido que, para poder hacerlo, debería convivir con el estrés que dichas ciudades generan.
Sin embargo, lo único que me transmitió este distrito que aún estaba por descubrir fue una serenidad arropada por un sentimiento de pertenencia desconocido para mí.
Considero firmemente que Kreuzberg fue un amor a primera vista que, hasta el día de hoy, nada ni nadie ha sido capaz de superar con la misma celeridad, intensidad y perseverancia.
Tras instalarme en un albergue cercano, me lancé a explorar la zona. Allí descubrí un mosaico vibrante de artistas, estudiantes, expatriados y una multitud de alemanes con raíces turcas, todos coexistiendo en armonía. Gracias a la ahora temidísima gentrificación, Kreuzberg, que había tenido un pasado bastante conflictivo, disfrutaba ahora de una reputación y una calidad de vida inmejorables.
Una semana después de mi eufórica llegada, Julia, mi mejor amiga de la universidad, y yo conseguimos arrendar un piso a lado de Hallesches Tor. Haciéndonos pasar por novios, simplemente diciendo que lo éramos, nos fue bastante fácil firmar el contrato de alquiler. La mayoría de los caseros y agencias inmobiliarias preferían alquilar sus propiedades a parejas, a raíz del miedo que les producían las temidas WG o pisos compartidos.
Julia había sido un pilar fundamental durante mi proceso de aceptación como gay y, posteriormente, mi salida del armario. Pasábamos las horas hablando sin parar y teníamos un nivel de comprensión el uno del otro como si compartiéramos cerebro. Al graduarnos, estuvimos separados algunos años porque ella había decidido acabar el doctorado en Hamburgo; yo decidí irme a Irlanda para mejorar el inglés. El Messenger nos ayudó a no perder del todo el contacto, que por parte suya no pudo ser muy frecuente. Ella me habló muy bien de Berlín y me dijo que se mudaría allí para continuar sus estudios. Yo, sin pensarlo, me puse a la búsqueda y encontré rápidamente un trabajo en la ciudad. Siempre tuvimos muchas ganas de empezar una aventura en una ciudad emocionante y así nos lo permitió el destino. Muy a mi pesar, noté que ella, desde los tiempos universitarios, había cambiado. Ya no era la Julia alegre con la que me había corrido mil y una juergas y llorado juntos mil y una veces por males de amor. Ahora la encontraba extremadamente arrogante y su actitud, generando continuamente polémica sobre asuntos triviales solo para poder imponerse, me parecía agotadora.
Un día una gran gota colmó el vaso y decidí poner fin a la amistad que nos había unido durante más de 10 años. Me fui a vivir yo solo a un estudio, a dos calles más abajo.
A día de hoy, tres años después, aún sigo reflexionando sobre la naturaleza de las amistades y cómo estás evolucionan con el tiempo. Hablar de esta ruptura con otros siempre trae consigo una presión social asfixiante, como si la antigüedad de una amistad fuera un escudo inquebrantable contra cualquier crítica. Algunos de mis conocidos me han repetido, una y otra vez, con un tono solemne en sus voces, la importancia de las amistades antiguas. Me han recriminado en repetidas ocasiones el descaro de haber pasado por alto la antigüedad de mi relación con Julia. El hecho de pensar que quizás he apartado a alguien importante de mi vida de forma injusta se ha convertido en una angustia persistente; una voz apenas perceptible que, en los momentos más inoportunos, alimenta una inseguridad que me acaba atormentando.
Pero, volvamos al tema.
Hoy celebro mi quinto aniversario en Berlín. He quedado con Antonio a las 22 h en un bar de ambiente llamado Möbel Olfe para ir calentando.
Ya estoy cenado, duchado y arreglado. Me he sentado en el sofá, con la televisión apagada, esperando, a que llegue la hora de marcharse. No me apetece entretenerme con nada. Las paredes de la habitación parecen encogerse, como si quisieran susurrarme algo al oído. Es sábado por la noche, solo quiero salir de casa y beber. Lo normal.
Me tumbo en el sofá con los ojos abiertos para ver si llega la hora. Al reclinarme, una manta que se apoya malamente en un cojín me acaricia el cuello con ternura. Como un acto instintivo, los párpados se dejan caer.
— Me gustan mucho las películas españolas de los 80. Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón me pareció muy interesante —decía Lucas en español, con su pronunciado acento inglés, mientras me ponía el brazo por encima de los hombros.
Me levanto del sofá muy rápido y salgo disparado hacia la cocina, como si me hubiera olvidado, una pizza en el horno. Mi cuerpo, envenenado por el cortisol, se mueve veloz y erráticamente; no pienso lo que hago. Rebusco entre armarios las botellas sobrantes de mi última fiesta de cumpleaños. En un vaso desechable de medio litro, mezclo una lata de Red Bull con lo poco que queda de una botella de Kirschwasser, licor de cerezas. Me pongo las zapatillas y una cazadora, cojo la cartera y el móvil y salgo de casa. Sin darme cuenta, tenso la mandíbula y aprieto los dientes.
Camino en dirección a Hallesches Tor. Solo me separan 500 metros de ella. Me doy cuenta de que no llevo en la mano el cóctel que he preparado. No importa. Sigo sin prestar atención a lo que estoy haciendo. Apenas noto el suelo bajo mis pies; me siento como una marioneta suspendida, cuyos pies imitan pasos torpes. Mis ojos están abiertos, pero no registro lo que veo. Aspiro a bocanadas el aire nocturno y me niego a soltarlo, como si eso me pudiera permitir llegar antes a mi destino. No me cabe más aire en el pecho; me estoy ahogando en un pozo lleno de aire. Quiero parar, pero me da miedo hacerlo; la ansiedad sigue al mando. Veo a lo lejos un tren que está a punto de entrar en la estación. Echo a correr. Llego justo cuando el vagón abre sus puertas y me subo sin antes dejar salir a la gente. Me miran mal, pero no me doy cuenta. Tomo asiento.
Cuando el tren finalmente arranca, el cortisol me concede una tregua y dejo escapar todo el aire atrapado en mi pecho. Cierro los ojos y empujo todo lo que siento muy adentro, deseando que se quede ahí para siempre. Abro los ojos y hago varias respiraciones por la nariz. Me he calmado.
Son solo dos paradas las que me separan de Kotti.
Noto que la boca me sabe a Red Bull y a cerezas.

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