Hoy es sábado, hace un frío intenso, me apetece olvidarme de todo y necesito conocer a alguien. Vamos, lo normal para un chico de 35 años que vive en Berlín.
En una de sus canciones, Rihanna dice haber encontrado el amor en lugares sin esperanza, animándonos a mantener una actitud abierta y carente de expectativas en la vida. De esa manera y sin ser conscientes de ello, nos volvemos receptivos y magnéticos al amor. Estoy convencido de que ella no conoce esos “lugares sin esperanza” de la noche berlinesa por los que me muevo yo. Un cerco de luces turbadoras, sonidos analgésicos y multitud de sustancias que te arrastran al cubo.
Cuando ciertas sustancias entran en tu cuerpo, resulta difícil acotar el espacio donde uno se encuentra. Siempre que bebo alcohol en exceso, sucede en un club techno. Sin importar la forma, tamaño, distribución de escaleras, barras, pisos, etc. del club en el que me encuentre, todos estos elementos se van recolocando de tal manera que, una vez acabado el proceso, presentan unas perspectivas imposibles. Sin sentir ningún tipo de agobio o claustrofobia, me veo plácidamente encerrado en una nueva dimensión con forma de cubo o hexaedro. En el interior de esta estructura nos movemos todos al unísono, de cara al Dee Jay, meneándonos ligeramente de un lado a otro, como si estuviéramos en una procesión de Semana Santa. A pesar de haber pasado cientos de horas en esos cubos, no sería capaz de tararear una sola canción de las que he escuchado ni a punta de pistola.
Con la excepción de mi peculiar etapa universitaria, no he tenido nunca la necesidad de beber excesivamente en lugares que no sean clubs, como por ejemplo fiestas en casa, bares, biergarten, etc. El sabor del alcohol no me resulta atractivo, salvo el aquí famoso vodka mate, que consiste en vodka mezclado con una bebida dulce refrescante no alcohólica con sabor a mate. No obstante, beber me facilita la oportunidad de volverme extrovertido cuando salgo, tener menos complejos con mi físico y ser más simpático. Así que bebo lo normal.
Drogarme no me atrae para nada y eso me da mucha tranquilidad. La noche berlinesa está plagada de entes consumidos por la noche; personas con habilidades cognitivas y conductuales que, incluso en la sobriedad, han caído en un punto de decadencia tan profundo que el retorno parece imposible. El consumo de drogas en los clubs es normal y los mismos establecimientos facilitan dicha tarea. La mayoría de los baños individuales tenían baldas a la altura del pecho con una ergonomía sospechosa, en teoría para apoyar las copas; otros clubs son más descarados, o simplemente disponen de menos presupuesto, y dicha balda se encuentra construida a lo largo y ancho de los baños comunes. En una fiesta techno a la que fui, en un extremo de la pista se alineaban una serie de cubículos de madera que recordaban a confesionarios, pero sin puertas; en su lugar, una cortina negra cubría discretamente la cabeza y el pecho, mientras debajo se encontraba una repisa cuyo propósito resultaba, cuanto menos, sospechoso.
Antes de mudarme aquí jamás había pisado un club techno. De hecho, el techno es un tipo de música que me aburre. Yo suelo ser más de pop y de música comercial en inglés. Estos géneros constituyen el 90 % de mis listas de reproducción en Spotify, cuyas canciones, por muy melosas que puedan parecer, me han salvado la vida en múltiples ocasiones. La música es un elemento esencial de mi vida cotidiana. Puedo escuchar la misma canción durante horas. Mi corazón está hecho de música.
Ahora bien, si quiero disfrutar de este género musical en la noche, tengo que ir a ciertos lugares en los cuales se congrega un público mayormente joven, algo afeminado y lleno de mariliendres (chicas heterosexuales que salen con gays). A mí me atraen otro tipo de chicos. No tengo nada en contra de los gays más jovencitos o con pluma; de hecho, tengo muchos conocidos así. Pero a la hora de tener relaciones sexuales me siento más atraído por chicos más hechos, más hombres, más normales.
En resumen, cada vez que quiero salir de noche, tengo que hacer una elección muy importante: hacer feliz a mi corazón o hacer feliz a mi bragueta.
Aquí debo realizar un breve inciso.
Se reflexiona intensamente sobre el poder del amor, presentado como el único “poder sobrenatural” capaz de imbuir a las personas con una voluntad, firmeza y ceguera de proporciones astronómicas al actuar. No soy yo nadie para quitarle ese valor, justamente otorgado, a dicho sentimiento. Sin embargo, me gustaría destacar que existen otros poderes anónimos en este mundo que, por fortuna o por desgracia, son capaces de conseguir efectos similares. Algunos ejemplos de estos poderes son el poder de los celos, el poder de la resiliencia, el poder del egocentrismo, el poder de la ambición o el poder de la calma.
El poder furtivo que me guía a mí es el poder de la erección. La testosterona no solo me da ese toque de sensualidad que me vuelve deseoso, atractivo y algo juguetón. En multitud de ocasiones se introduce, sin pedir permiso, en mi cerebro, nublando las capacidades de juicio, perspectiva y sensatez. Cuando sucede eso, actúo de maneras que, después de eyacular, se vuelven automáticamente erróneas o innecesarias. Esto ya lo he hablado con otros amigos gays y es algo totalmente normal.
Así que hoy, que sigo sin tener la menor idea de cómo olvidar a Lucas, mi instinto (o mi bragueta, para ser más preciso) me ha encomendado la tarea de ir a Cocktail D’Amore.

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